El Olival sin Olivo: Alfonso Machuca Gil

Álvaro Serrano Duarte - Director-Fundador de CORREveDILE.com (año 2004) - Barranquilla, Colombia

 

Autor: Álvaro Serrano Duarte

Olival es una vereda del hermoso corregimiento de San José de Suaita, en la Provincia Comunera, Santander, Colombia, cuna de un glorioso pasado tanto político como industrial porque allí se inició el proceso de emancipación del entonces Reino de la Nueva Granada; y esa gran empresa que hoy conocemos como Coltejer es la misma pequeña factoría que nació con el nombre de Fábrica de Hilados La Estrella.

Con una deliciosa temperatura de 19º C, se distingue por la belleza de su templo, de extraña semejanza a los localizados en la Plaza Roja de Moscú. A San José de Suaita se le reconoce como despensa panelera de Santander; es por eso que a todo lo ancho del Valle del Río Suárez huele a trapiche. La naturaleza también hizo su aporte majestuoso con la impresionante Cascada de los Caballeros que tiene una altura superior a los 70 metros.

Con una deliciosa temperatura de 19º C, se distingue por la belleza de su templo, de extraña semejanza a los localizados en la Plaza Roja de Moscú. A Suaita se le reconoce como despensa panelera de Santander

En este paisaje cañero con fragancia de trapiche y molienda panelera surgen, además, los municipios de Guapotá, El Hato y El Palmar, pequeñas poblaciones esparcidas en la inmensa geografía verde de la región.

En Contratación se celebra una de las actividades carnestoléndicas más llamativas del Departamento, como es el Festival de los Matachines. Alfonso, el protagonista de nuestra historia, nace el 18 de Enero de 1945 en la vereda Olival y es el segundo de cuatro hijos del hogar formado por José Antonio Machuca y Rosana Gil.

Su tierra natal solo la pudo conocer 26 años después cuando regresa a solicitar la partida de bautismo exigida para su matrimonio. La razón más importante para no conocer su patria chica es porque sus padres inician una verdadera peregrinación por diversos sitios de la geografía nacional, viviendo en Suaita, Cáqueza, Villavicencio, los llanos orientales, Barrancabermeja, La Llana, Pavas, Puerto Wilches y Bucaramanga.

Cuando empieza a contar a qué actividades se dedicó su padre, comprendemos que realmente lo que creemos entender por sabiduría no es únicamente la adquirida en las escuelas o universidades.

Su padre se inicia como albañil y se convierte en maestro de obra y diseñador de soluciones para el secado del café; cultivador de arroz en los llanos, pescador en Puerto Wilches, recolector de cosechas, talador de árboles en la colonización de montañas y finalmente productor y distribuidor de carbón en Bucaramanga.

Todas estas actividades prepararon a Alfonso para lo que sería su destino y que hoy, mirando retrospectivamente, las comprende como señales conductoras de su vida. Toda su vida gitana infantil y juvenil no permitió a Alfonso asomarse a una escuela para aprender sus primeras letras. Sus padres terminan asentándose en Bucaramanga de manera definitiva por haber hallado el negocio que les daría un futuro más firme.

Alfonso, dedicado primero a trabajar en tapicería y luego en albañilería, siente que esas labores no le aportarían nada para su futuro. Es un muchacho de 15 años al que la vida lo impulsa a sentirse insatisfecho con lo que hace.

En San José de Suaita, la naturaleza también hizo su aporte majestuoso con la impresionante Cascada de los Caballeros.

Un compañero de trabajo le inyecta el veneno de la inconformidad diciéndole lo que ha escuchado de quienes van a Venezuela o Barranquilla: todos regresan nadando en prosperidad.

Traza un plan de ahorros y provisión de ropas; para ello, abre una cuenta en la Caja Agraria y quincenalmente deposita cinco pesos. En una libreta de apuntes anota con símbolos lo que le representan los distintos ítems como comida, buses, golosinas, cine y demás gastos personales.

Los números son sumados y restados o multiplicados y divididos no por métodos académicos, sino con su propio estilo creado por la necesidad de comprender cantidades, volúmenes y medidas.

A quienes aprendimos las matemáticas en un claustro escolar o utilizamos la tecnología de las computadoras o las calculadoras para hacerlo, nos cuesta mucho trabajo entender cómo se logra construir dichas operaciones, cómo se lleva en la mente esa sapiencia admirable de contabilizar y obtener los mismos resultados finales que los que se logran por métodos tecnológicos o técnicas académicas.

Cuando en la cuenta de ahorros se registraba la suma de cien pesos, le pide a su mamá que en una cajita de cartón le empaque sus mejores mudas de ropa, que no son más de tres y le cuenta su decisión de partir a buscar su propio destino.

Alfonso Machuca Gil y su esposa Alicia RuedaLa señora Rosana, su madre, se entristece y sus ojos se inundan de prístinas lágrimas de amor a su muchacho. Sólo le hace un pedido:

— Mijito, a donde llegues, mándanos una carta para saber dónde estás.

— Sí, mamita. Yo les aviso... -dijo Alfonso sintiéndose ahogado por el dolor que le causaba alejarse de los suyos y volteó su mirada a otro lado para no mostrar que sus ojos también estaban henchidos de lágrimas .

Eran las seis de la mañana cuando salió de su casa en el barrio La Concordia de Bucaramanga con destino desconocido. Y era tan desconocido el rumbo de Alfonso que desde esa hora hasta la una de la tarde estuvo sentado o deambulando indeciso por el antiguo Parque Centenario, sitio de salida de buses interdepartamentales.

Por el altoparlante se escuchaba cada diez minutos el estridente anuncio:

— Se anuncia la salida del bus número ... de la empresa Copetrán hacia Santa Marta...

— Se anuncia la salida del bus número .... de la empresa Transcarmen hacia Barrancabermeja...

—Se anuncia...

Hacia o desde Bogotá, Tunja, Valledupar, Cúcuta, Medellín, San Gil, Socorro, Cartagena, Barrancabermeja, Zapatoca, San Vicente, salían y llegaban buses con gentes y maletas y paquetes. Era un tráfago de buses, carros, carretas, bicicletas todas a destinos distintos. El único en todo ese fragor que no sabía para dónde ir era Alfonso Machuca Gil.

Ya era mediodía y no habían anunciado salidas o llegadas de Venezuela. El hambre lo acosaba y era necesario ir a almorzar en algún restaurante del bullicioso sector. Mientras almorzaba le preguntó al mesero:

—Para ir a Venezuela, qué bus se coge?

—El que va a Cúcuta...

Alfonso tomó la decisión: compraría el pasaje en el primer bus que saliera entre el que iba a Barranquilla o el que iba a Cúcuta. No más cavilaciones.

Preciso, al salir del restaurante escuchó nuevamente la voz chillona de la anunciante:

Copetrán se complace en anunciar la salida del bus número ... con destino a Cúcuta...

— La suerte está echada... se dijo Alfonso así mismo ...me voy a conocer Venezuela...

Camino a Cúcuta, le preguntó a su compañero de silla:

— Oiga, amigo, Venezuela es muy grande o es pequeña...

— Es un país casi igual que Colombia...

— ¿Cómo?, Venezuela no es una ciudad así como Bucaramanga?

— No, joven. Es un país que tiene ciudades grandes, medianas y pequeñas como las tenemos aquí en Colombia...

— Ahhh...yo creía... -dijo Alfonso intentando disimular su desconocimiento y mirando a través de la ventanilla volvió a preguntar:

— ¿Y Barranquilla es también un país?

— Nooo, hombre... es una ciudad dijo en tono agrio su interlocutor, creyendo que su consultante se burlaba

— Perdone...que lo moleste...usted va a Cúcuta?

— Todos aquí vamos para allá...¿por qué?

—Es que quisiera saber de un hotelito que no sea tan caro y que me quede central...

Su interlocutor, comprensivo, le dio las indicaciones del sitio donde debía quedarse. Al bajarse del bus, Alfonso tomó su caja de cartón y se dirigió al hotel, según las indicaciones de su desconocido compañero.

Después de registrarse y subir para asearse, Alfonso regresó a la recepción y se sentó en una poltrona de la sala de recibo. Miraba a todos lados y en su mente todo parecía un caos. No sabía a dónde ir.

Luego de media hora de profundos suspiros y pensamientos errabundos, se presentó en el salón un grupo de hombres que hablaban en tono fuerte sobre lo que parecían ser experiencias de viaje desde Venezuela: la guardia fronteriza, la “petejota” Policía Técnica Judicial un verdadero terror para los indocumentados , la mercancía, los precios, el plan de salida y demás asuntos por lo que Alfonso dedujo que esas personas eran contrabandistas.

Alfonso, disimulando su deseo de informarse, esperó hasta que quedó uno solo de los bulliciosos viajeros. Con candidez le formuló las preguntas que le parecieron necesarias para informarse de cómo viajar a Venezuela sin documentos y sin suficiente dinero para la aventura.

Para su fortuna, el informante le resultó rico en detalles sobre lo que debería hacer para lograr su propósito de trabajar en una finca.

Al cabo de un año de anónima peregrinación por los montes y haciendas de los territorios Venezolanos, Alfonso regresó a su casa paterna con muchas historias personales, cargado de regalos para sus padres y hermanos y con suficiente dinero para comprar la bicicleta más moderna de la época.

Atendiendo las súplicas de su madre que no volviera a Venezuela, Alfonso buscó trabajo en una fábrica de neveras y estufas de gas y de petróleo como ayudante. Allí aprendió soldadura y troquelados.

Pareciendo una esponja absorbiendo cuanto conocimiento era necesario para escalar dentro de la empresa, le mereció ascender a jefe del departamento de montajes antes del año.

Pero sufrió la peor vergüenza cuando la pagadora le pidió que firmara la constancia de pago de su primer sueldo como empleado de planta:

— Firme aquí... le ordenó

— Señorita...es que yo no sé firmar... respondió Alfonso tímidamente .

Combinando su trabajo con sus prácticas de ciclismo de competición en Bucaramanga, Alfonso tomó el impasse de su firma como un nuevo reto. Debía estudiar y para ello contó con la ayuda de un profesor que dictaba clases gratis a los jóvenes del barrio que desearan estudiar.

En seis meses aprendió lo suficiente como para convertirse en un aventajado estudiante, quien sin títulos académicos enrumbó por el camino de genios universales: ser autodidacta consagrado.

En 1965, patrocinado por su empresa, viajó a competir en ciclismo a Bogotá. Fue su inicio en una carrera truncada por un accidente que le produjo un desgarramiento muscular de su pierna derecha, pero que le permitió competir al lado de las grandes glorias del ciclismo colombiano de las décadas de los sesentas y setentas, como Javier Suárez, Cochise Rodríguez, Papaya Vanegas, Pajarito Buitrago, Severo Hernández, Chispita Duarte y otras figuras.

Transcurría el año de 1971 y el amor llegó a su vida: una jovencita, Alicia Rueda, le hizo tomar un nuevo rumbo a su vida.

Luego de su matrimonio, partieron a Valledupar en busca de su destino. La administración de un negocio de víveres en esa ciudad les proveyó del conocimiento en esta nueva lid de sus vidas.

Pero Barranquilla continuaba siendo un faro encendido en su alma. Fue creciente su deseo por incursionar en esta ciudad. Y al llegar, su espíritu solidario se convirtió en otra de sus facetas más distinguidas.

Ejerciendo durante dieciséis años el cargo como Miembro de la Junta Directiva de Undeco y fundador de otras asociaciones de Comerciantes como Aso Centro, y Aso Treinta, Alfonso ha ganado los mejores méritos como dirigente gremial.

Su ánimo caritativo como gestor de campañas de ayuda a los leprosos de Algodonal, lo convierte en ferviente colaborador y varias veces presidente del grupo de amigos que crearon y construyeron la Escuela Juan Pablo II que nació de un Cursillo de Cristiandad de la Iglesia Católica.

El espíritu deportivo adquirió nuevas facetas al liderar y organizar competiciones ciclísticas recreativas dentro de las asociaciones a las cuales ha pertenecido.

En la placidez de un hogar estrechamente vinculado con los preceptos religiosos, Alfonso es un hombre que transpira paz personal y familiar. Sus hijos Alba Rocío, Adriana y Alfonso, se sienten gozosos de haber recibido de sus padres el más preciado de los tesoros: la vivificante actitud de ser misioneros de paz.

Alba Rocío, su primogénita, ingresó a la Comunidad Salesiana desde los dieciséis años, siendo reconocida por sus amistades y familiares como una ferviente servidora de los preceptos religiosos.

Apenas son las nueve de la noche y ya la ciudad está silenciosa. Sus calles están vacías. La suave brisa mece los árboles y nuestro ánimo ha sido pacificado con la frase de despedida que Alfonso nos dijo:

La paz, como la ciencia, no es objeto de los sentidos. Es una vivencia individual y única que escasamente se puede describir; jamás se puede fingir. Nadie se la puede arrebatar sino es uno mismo quien la destruye. Y como la ciencia, nunca acaba de perfeccionarse”.

A lo lejos y en la penumbra de la noche, dos escritores van en una moto, recordando que en el interior de todos los hogares hay un televisor que fustiga y azuza los espíritus con la transmisión de un partido de fútbol de la selección Colombia frente a Brasil cuyo resultado de nueve a cero alteraría la paz de quienes así se lo permitieron...

Esa gran empresa que hoy conocemos como Coltejer, en Medellín, es la misma pequeña factoría que nació en San José de Suaita con el nombre de Fábrica de Hilados La Estrella, cuya foto la muestra en ruinas.

" ..."

 

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