Crónicas de Semana Santa en Barranquilla - Sábado Santo

Moisés Pineda Salazar -  Especialista en Sociedades y Culturas del Caribe - Barranquilla, Colombia

 

 

Autor: Moisés Pineda Salazar -  Especialista en Sociedades y Culturas del Caribe - Barranquilla, Colombia  ... Ver más publicaciones......►

 

El sábado todo en Barranquilla era silencio en la ciudad. Nada se movía.

Luego de 1911, al filo de la hora de Vísperas del día sábado, empezó a salir por las calles del Centro la primera de las procesiones que antecedían a los rituales de La Pascua de Resurrección.

Era la de Nuestra Señora, cuyo corazón aparecía transido por las dagas del dolor.

Las lágrimas se escurrían por el rostro de la Madre Dolorosa. “Stabat Mater dolorosa, iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat filium”.

¿Y, cuál podría ser el hombre que no llorara viendo el sufrimiento de aquella madre?

Era un cortejo no menos solemne que el del Santo Entierro, aunque siempre fue menos concurrido.

Portando cirios encendidos, iban al frente el Gobernador del Departamento, el Comandante de Policía y la Banda de Música del Ejército acantonado en la ciudad.

Serían un poco más de las diez de la noche cuando en San Nicolás, al modo de lo que se hacía en la Iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo de Cartagena, se daba inicio a las celebraciones de la Vigilia de la Pascua Florida de Resurrección.

El Vicario, hizo su entrada en el templo principal en penumbras.

Cogulla en la testa, bonete en mano, envuelto en capa pluvial, dio inicio a la liturgia de la Luz y del Agua.

Desde el atrio, transportado por un Diácono revestido con Dalmacia  y Velo Humeral, ingresaba procesionalmente, haciendo tres estaciones entre la entrada del templo y el presbiterio, el Cirio Pascual al cual en el curso de la ceremonia, el Celebrante sentado en la Cátedra, recubiertas las rodillas con un pequeño mandil  que los curas llaman “gremial”, procedía a insertar cinco granos de incienso en forma de cruz  siguiendo el ritual de proclamar a Cristo como Alfa y Omega, principio y fin de todas las cosas.

Luego era encendido y sumergido por tres veces en el agua sobre la cual el celebrante ha insuflado su aliento y derramado el Santo Aceite que se destinará durante todo el año a las ceremonias bautismales.

Después, seguía la lectura de las doce profecías que, en los Libros Sagrados del Pentateuco, en Isaías, en Baruch, en Ezequiel, en Jonás y en Daniel anticipaban el nacimiento, el ministerio, la muerte y la resurrección de Jesús en desarrollo del Plan Salvífico.

Al final de cada una de ellas el celebrante invitaba: “Oremus”.

El Diácono ordenaba “Flectamus genua”, a la multitud de fieles que doblaban las rodillas y se sumía en silenciosa oración hasta cuando el subdiácono cantaba: “Levate”.

Seguidamente, prosternados en tierra, los fieles imploraban la protección de Santa María, la Madre de Dios, Virgen de las Vírgenes; de Miguel, Rafael y Gabriel junto con la de todos los Ángeles y Arcángeles y demás miembros de los ejércitos celestiales.

Juan El Bautista y José encabezaban la lista de medio centenar de Santos que eran invocados por su nombre para completar genéricamente con los de todos los Santos Doctores, Vírgenes y Viudas, Mártires, Pontífices y Confesores, Monjes y Eremitas que conforman el Celeste Imperio.

A cada una de las invocaciones la concurrencia respondía alternativamente- según que fuera singular o no el número de los invocados- “Ora pro nobis” vel “Orate pro nobis”.

El olor del incienso que subía desde los turíbulos cargados con carbón mineral ardiendo y que eran alimentados con las navetas que guardaban la resina, invadía todo el ambiente.

El humo era impulsado por batirlos de un lado para el otro los turiferarios.

A su derecha, el lector le sostenía al Celebrante, a la altura de los ojos, el libro del ritual en el que era posible leer, gracias a la débil luz que esparcía una pequeña vela sostenida en una palmatoria por uno de los acólitos.

“Lumen Christi”, cantaba el oficiante a lo que el Coro dirigido por el Profesor Aquilino De la Rosa y conformado por las Señoritas Elena y Carmen Deyongh, Ana Dolores Gerlein, Barbara Funtz, Carlota y Adelina De la Hoz, las Detetlsueiz y las Salcedo Palacio, Soeur Antoinne- una monja curozoleña voluntariamente exclaustrada- y las Hermanas de la Presentación a cuyo cargo estaban el Colegio del Bello Sexo, el “Huerfanato”, el Hospital de Caridad y sus anexos, bajo la dirección de la Mére Marie Víctor, respondía: “Deo Gratias”.

Ese era el preámbulo para dar curso a las lecturas sagradas que introducían “El Gloria”.

En aquellos instantes sublimes, caían los velos morados que cubrían los altares e imágenes. Se encendían de improviso todas las luces del templo, resoplaban los fuelles del órgano dejando escapar por los tubos las notas gozosas que reemplazaban las lúgubres del Viernes Santo; el traquetear seco y desapacible de las carracas era suplido por el de las campanillas que repicaban y el de las campanas que tañían invitando a las de los demás templos a anunciar una y mil veces. “Christus surrexit  alleluia”- Cristo ha resucitado: ¡Alegrémonos!

En esa noche de la Pascua Florida de la Resurrección, el corazón del creyente se conmovía pues vivía la exultación y adquiría la certeza de que Él está vivo. 

Todo en la liturgia ayudaba a vivir esa experiencia…

Para entonces, habían transcurrido casi tres horas desde el momento en el que se dio inicio a la Vigilia Pascual.

Luego, seguía la llamada “Procesión de las Salutaciones” o de “Las reverencias” en las que, con base en el apócrifo encuentro del Apóstol Juan con el Maestro Resucitado y, según el cual, aquel sale en carreras a contárselo a la Virgen María, salían al tiempo de tres templos o lugares diferentes del poblado, las imágenes del resucitado, la de Juan y la de la Madre del señor.

Encontrándose la del Discípulo con la del Maestro, los portantes del paso emprenden carrera en busca de la otra procesión que trae la de María con lo que topándose ambas, los grupos unidos corren presurosos al encuentro de aquella que trae la del Resucitado que, en hallándola, las del Apóstol y María, le hacen venias y giran gozosamente a su alrededor.

Estas eran las costumbres de la Semana Santa en esta ciudad que tenían como epicentros los más antiguos templos barranquilleros: la Iglesia de San Nicolás de Tolentino, la Capilla del Hospital de Caridad, la Iglesia de San Roque de Montpellier y, posteriormente, la de Nuestra Señora del Rosario.

Sábado Santo

 

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