Crónicas de Semana Santa en Barranquilla - Jueves Santo

Moisés Pineda Salazar -  Especialista en Sociedades y Culturas del Caribe - Barranquilla, Colombia

 

 

Autor: Moisés Pineda Salazar -  Especialista en Sociedades y Culturas del Caribe - Barranquilla, Colombia  ... Ver más publicaciones......►

 

Contaba mi abuela, en su tarea de mantener unida nuestra familia, que era motivo de especiales bendiciones participar en la procesión del Domingo de Ramos que se programaba  a las diez de la mañana en la Iglesia de San Nicolás.

En ese día, y desde los tiempos de finales del Siglo XIX, la romería era presidida por el Vicario del Arzobispo de Cartagena  porque Barranquilla aún no había logrado emanciparse de La Heroica- ciudad matriz- y posteriormente a 1932, por el obispo que pastoreaba la grey por voluntad del Santo Papa.

Mientras entretejía las folias de la palma armando figuras que semejaban ora abanicos, corazones, inmensas hojas, ora puntas de lanza, la abuela nos contaba que desde mediados de la semana anterior, procedentes de las vegas del Magdalena, llegaban al Puerto de la Hierba, a El Playón, a La Magola y a las orillas de La Ciénaga, decenas de canoas repletas de palmas que luego eran expendidas en los altozanos y a la puerta de los templos para que el Ministro revestido con Capa Pluvial, hisopo en mano, las bendijera llevadas en las manos por la feligresía que estaba a la espera en medio de la canícula o adentro del abarrotado lugar.

Procesión cerca Iglesia San Nicolás, BarranquillaAquel acto estaba acompañado por una salmodia en la que el coro entonaba solemnemente: “Pueri hebreorum, portantes ramos olivarum, obviaverunt domino, clamantes et dicentes: Hossana in excelsis”.

No faltaba el año en el que un actor caracterizado con barbas y larga melena postizas, vistiendo túnica al estilo romano, montado en un asno, se hacia presente para ser aclamado por la multitud como si de verdad se tratara del redivivo Jesús cuyos vestidos trataban de tocar con unción.

Aquellos ramos vegetales bendecidos en la fiesta, eran llevados a las casas donde se colocaban detrás de las puertas y en lo más alto de la trama de maderas que sostenía la techumbre en  los cuartos y demás espacios privados.

Allí, bajo la paja o de las tejas de Marsella, compartían un espacio en el que se mezclaban en igualdad de condiciones, costumbres campiranas con las supercherías heredadas de las tradiciones aborígenes y negras y las creencias religiosas de carácter popular.

Efectivamente, allí se colgaban las ramas de corozo dispuestas para atrapar murciélagos; las plantas de sábila destinadas a contener las energías negativas y protegerá  la familia, especialmente a los niños, de las ojerizas y brujerías y con ellas, las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos que servían para proteger el hogar durante las tempestades, para ser cremadas con ocasión de los sahumerios del año nuevo y, en los templos, para producir la ceniza con la que se iniciarán los días de la cuaresma del año inmediatamente siguiente.

Pasada aquella jornada, la ciudad caía en un  estado de sopor en el que apenas eran aceptables las actividades esenciales para el sostenimiento de la vida urbana.

Hasta el transporte público llegó a suspenderse por orden del Alcalde del lugar, un ferviente católico, que por aquella decisión hubo de soportar las admoniciones que le hizo el Prefecto Provincial acerca de la necesidad de que el administrador de los asuntos públicos debe separar los negocios y cuestiones particulares, de las convicciones religiosas personales.

Sin embargo, en el mercado público la actividad del lunes y del martes santo era inusualmente congestionada.

Dulces de Semana Santa en BarranquillaEspecialmente en lo referido a frutas, a los diversos tipos de panela y a los azúcares que se usaban para producir cabellitos de papaya, dulce de leche, de plátano y de ciruelas de reciente cosecha; dulces de ñame, de batata y mongomongo; de papaya, de guandú y de coco; de batidos de tamarindo y una inmensa e inacabada variedad de confituras en cuya elaboración la abuela era experta.

Usando enormes calderos que descansaban en tres bindes que circuían la leña del fogón, desde las tres de la mañana del lunes, martes y miércoles Santos,  provista de palotes empezaba la labor de mezclar los ingredientes homogenizando la pasta que resultaba de las altas temperaturas a las que eran sometidos los ingredientes en el reducido espacio de la cocina dispuesta en el patio de la casa.

Igual pasaba en la Plaza con los enormes sacos de pescado seco y salado que se ofrecían en los días de abstinencia y que nos llegaban desde Magangué y las tierras de la Mojana junto con cargas de veinte y más hicoteas destinadas a ofrecerse en la mesa de los hogares el día Jueves Santo.

Había que tener especial cuidado especialmente con el bagre seco no sea que lo que se ofrecía en la piedra del mercado no fuera de aquel pez, muy delicioso en salpicones, sino de cola de babillas que era reputada como alimento para indios.

Aquel bitute se ofrecía junto con un arroz de fríjoles que en las Islas de las Antillas Españolas llaman de moros y cristianos y se acompañaba con ensaladas de papaya verde cocida, habichuelas, aceitunas moradas importadas, todo eso bañado con aceite de olivas, abundante ajo, algo de sal y no menos de pimienta.

En los hogares poco afectos a las legumbres, o más distantes en la fortuna necesaria para adquirirlas, la ensalada lo era de papas, zanahorias y remolachas cocidas, sazonadas con algo vinagre de castilla y una pizca de sal.  

Todo aquel menaje debía estar surto antes de las diez de la mañana que era la hora programada para la Liturgia Crismal a la cual se debía asistir para después confesarse y así poder comulgar en las conmemoraciones de la Última Cena que seguían a las del Lavatorio de los pies.

Acabado aquello, como a las cinco de la tarde, se abría la exposición del Santísimo en lugares especialmente decorados para su adoración.

Vueltos a casa, era la hora apropiada para las comidas domésticas y el intercambio de viandas entre familiares y vecinos que en esta ciudad llaman “rasguñaos”.

El día era agitado y  como se ha dicho, empezaba con los rituales matinales en los que se consagraban los aceites que se usarían en el resto del año en la bendición del fuego pascual, en las ceremonias bautismales de los catecúmenos, en la unción de los moribundos y en la consagración de diáconos, sacerdotes y obispos.

Ya desde la madrugada, el vaivén de las matronas de la cocina a los cuartos de plancha, de ellos a los baños, a los guardarropas y a las mesas, se explica por la costumbre de no bañarse los Viernes Santos pues existía la creencia de que, al hacerlo, los transgresores se convertían en peces o la piel de los pies se les pigmentaría como la de los vallenatos.

Además, había que  exhibir las mejores y más renovadas galas con ocasión de los festejos de la Última Cena en los que se hacía énfasis en la comida como símbolo de la unidad familiar y del grupo social en torno a la mesa.

Aquello pesaba más en la conciencia social que como acto preparatorio de los misterios de la Pasión y de la Muerte del Salvador.

Sí, en aquellos días, en la Región Caribe, la unidad familiar se expresaba en el hecho cotidiano de sentarse tres veces a la mesa durante todos los días de la existencia.

Comer en familia el Jueves Santo, era una manera de renovar la fe y la confianza en aquel ritual amoroso necesario para mantener la unidad de la familia.

Después de aquello, y hasta la media noche, luciendo sus mejores galas, los grupos de parientes concertados, salían visitar los monumentos en los que a cada hora se iniciaban lecturas pías que terminaban en medio del sonar de campanillas cuando se impartía la bendición con la Sagrada Forma después de que el coro terminara de entonar el motete “tamtum ergo sacramentum, veneremur cernui. Et antiquum documentum  novo caedat ritui. Praestet fides suplementum, sensum defectui”.

Si en los finales del Siglo XIX solamente en las Iglesias  de San Nicolás y de San Roque y en la Capilla del Hospital de Caridad se levantaban Monumentos en honor del Santísimo Sacramento, hoy son tantos en centenares que en la feligresía se ha impuesto la costumbre de visitar no menos siete de aquellos lugares de escenografía en los que, como hace ciento y más años, pesados gobelinos rojos, gualdas, blancos y gules  limitan el espacio pleno de luces que reverberan sobre la superficie bruñida de los búcaros, candelabros y lámparas de bronce, ornados con miríadas de flores.

Antes eran espesas las nubes de incienso que expelían los turíbulos batidos por un ejército de turiferarios engalanados con sotanas, sobrepellices y tocados con bonetes que les impartían rasgos de solemnidad a los imberbes que los portaban.

Hoy, aquellas son leves y los monaguillos cada vez, más escasos.

Iglesia San Nicolás Tolentino, Barranquilla, Colombia

 

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