EPÍLOGO

Autor: Moisés Pineda Salazar

Se nos vino el martes de carnaval.

El año pasado al llegar el último de los tres días de licencia y jolgorio en los que no hubo ningún acontecimiento desagradable que lamentar, fue de elogiar la conducta del joven alcalde, hoy recién casado y retirado del cargo -Señor Gabriel Martínez Aparicio- que recorría a caballo la ciudad, evitando disgustos y procurando la mayor armonía en el pueblo, para lo cual obsequió a dos danzas rivales una bandera blanca con el hermoso letrero de UNION, la que fue recibida con demostraciones de regocijo por la muchedumbre agradecida con un Alcalde que, además de imaginación y una cierta dosis de cinismo, probó tener tolerancia, disposición y amor por los habitantes de esta población, aunque siempre mostró animadversión contra el Empresario del tranvía que ya había empezado a tender los rieles según el contrato que Abello le había cedido.

Este año, no habiendo Conquista, nada hay que evitar, ni banderas que entregar.

Mañana miércoles algunos disfraces y danzas irán a la iglesia de San Nicolás a tomar ceniza. El ritual es como sigue: los Indios Bravos amanecen en sus chozas en el norte por los lados de Monigote, o sea a la salida del antiguo camino de debajo de Soledad, también por los lados de “La Caimanera”. Los Piratas se dirigen a buscar a Los Indios y al ser descubiertos estos, aquellos les hacen juego y huyen los Indios, pero son alcanzados por sus perseguidores y capturados los amarran con cintas de diferentes colores para llevarlos a tomar la ceniza.

Hemos terminado los tres días de carnaval y con ellos la locura y la anormalidad de todas las personas.

La campana llamará a los fieles, y la palabra del padre Carlos Valiente, recordará a la humanidad que fue formada con el polvo de la tierra, y que a esta debe volver.

Y, ¿a quién le importa?, me digo mientras comienzan a escucharse las primeras polkas del último día del carnaval de 1890 en el Club Barranquilla sito en la esquina que hace este callejón del Mercado con la calle Ancha.