Salones, Clases Sociales y Disfraces

Autor: Moisés Pineda Salazar

Para el carnaval de 1873 hubo seis bailes para los de La Primera, catorce para los de La Segunda, tres para los de La Tercera y en el año siguiente los hubo hasta para los de La Cuarta. Recuerdo que con Juan Manuel De Castro y Ernesto Vieco, mis amigos y compañeros de estudios y de parranda, recién llegados que estábamos de Caracas y Curazao, nos tocó aportar a los procuradores de las tres fiestas para poder ir a divertirnos con las negras de la tercera y con las muchachas de los de en medio.

En 1881, mis conmilitones decidieron meterse a empresarios de carnaval y obtuvieron del concejo municipal licencia por Acuerdo Especial para organizar los salones de ese año…

A los salones se concurre según las clases, los grupos que conforman la sociedad, a divertirse en las primeras horas de la noche...

El empresario queda autorizado para abrir en el comercio la suscripción acostumbrada y para percibir de todos los jóvenes la cuota correspondiente con el fin de tener un lugar, en donde pueda esta sociedad pasar ratos amenos en los días del carnaval. Así debe ser porque la nuestra es una sociedad clasificada como las hojas de tabaco y nada más saludable para la conservación de las buenas costumbres que aquello de “conejo a tu conejera” y “cada quien con su cada cual”.

En la plaza principal se levanta una enramada grande bajo la cual se efectúan los bailes de la Clase de los de La Tercera en los tres días del carnaval y es llamado “el burrero” por analogía con el corral de burros que hay al lado del mercado donde se encierran los asnos transportadores diarios de artículos para el consumo.

Estos bailes son inaugurados por el Presidente y la Presidenta del Carnaval, escogidos de la Clase de los de Primera, y por el Vicepresidente y la Vicepresidenta, que son de la Clase Segunda.

Bailada por ellos la primera pieza, se retiran al salón de Segunda, donde permanecen el Vicepresidente con la Vicepresidenta, mientras el Presidente y la Presidenta se retiran al de Primera.

En todos ellos las máscaras lo vuelven a uno loco y es aquello una confusión de gritos, campanas, cantos, tambores etcétera. Sin que falten jovenzuelos que exhiben disfraces poco decorosos y apropiados para llevarlos puestos cuando se va a bailar con señoritas y que valiéndose de las caretas representan escenas censurables que molestan a algunas familias. Por acá vienen unos ciervos con lo particular de que ellos mismos llevan las trompetas de caza y los cazadores se han hecho acompañar de los correspondientes perros- cosa esta no bien vista la de llevar canes a los bailes.

Allá una comparsa que da por llamarse “El Jardín” en la que las flores de manera inexplicable venden flores para procurar fondos para donarlos a los niños pobres después de las fiestas.

Por allí pasa un habitante del celeste imperio, acompañando a un Fraile borracho que danza con Diana- La cazadora-; Aquiles se hace acompañar de una náyade en tanto que Ulises si decide escuchar el canto de una sirena; dioses y diosas mitológicos que alternan con banqueros y mendigos.

Acá aquel con sombrero de trenza y la cara parecida a la de un habitante del interior de África de cabello rubio y ojos azules que gira alrededor de una muy poco recatada monja; las de damas romanas, los de juego, las de azulejas y las de Dominó Negro; Pierrot y Colombina, polichinelas y marinos que se aprestan al abordaje de bailarinas. Más allá van una infinidad de loros. Por acá aldeanos, pastores y pastoras que unidos corren, le toman a uno y se divierten en ocultar el nombre de la amiga que va debajo de la careta de alambre o de cartón, de las narices, catalejos, medias caretas, chiveras, patillas y de las combinaciones para disfraces horribles, raros y estrambóticos que vende en su comercio Jacobo Henríquez Jr a precios que no permiten competencia..

En el iluminado “Salón Cosmopolita” dedicado a los de La Primera, al suave compás de la música se deslizan apacibles y serenas las hermosas y elegantes damas: Uno se cree transportado, como dice el malogrado e inteligente amigo Juan N Cayón, a un delicioso jardín donde el aura columpia las matizadas corolas de las flores. Sueña uno como habitando esos mundos misteriosos creados por la fecunda imaginación de los poetas; o contemplando el armonioso coro de deidades fantásticas, radiantes de belleza, con la ondulosa cabellera sembrada de jazmines y perfumando el ambiente con su embriagador aliento.

Sin embargo, en el Salón de La Primera hemos notado una costumbre desagradable.

Las señoritas van con sus programas en los que tienen anotado: “la 1ª pieza con fulanito para todos los salones. La 2ª con zutanito etc. Preguntamos: un extranjero que venga a pasar esos días para divertirse ¿Con quién baila?

! Oh¡ Esto no es corriente; pero no es solo eso; la detestable costumbre se ha llevado al extremo de que ya hay caballeros, y no pocos, que invitan “a tal señorita para tal pieza, compromiso para todos los bailes en que se puedan encontrar.”

Los bailes del “Salón Fraternidad”, o de La Segunda Clase, suelen quedar muy lucidos. Tradicionalmente, en ellos hay un mayor número de disfraces, y es de notarse el gusto con que se arreglan las señoritas que concurren. Pero, al igual de lo que pasa en el de La Primera, en estos existe una fea costumbre: la del “barato”. Hay que ver como se da en tierra con el tal “barato”, pues ya sucede que las señoritas bailan cada pieza con cuatro y con cinco jóvenes cosa que naturalmente es poco agradable a ellas.

Sobre los bailes del Salón de Tercera, que como he dicho antes llaman “burrero”, es sensible ver la decadencia de esta costumbre de bailar en el salón del pueblo. De ese pueblo que recoge la última gota de sudor al ponerse el sol de las vísperas para recibir su salario e invertirlo al día siguiente en sus goces. Es necesario tomar interés para que siempre la gente humilde pueda encontrar un lugar donde divertirse bien, contando allí con decencia apetecible.