Las casas y los salones en carnavales

Autor: Moisés Pineda Salazar

En tales días del carnaval cada cual toma su parte para festejarlo. En Barranquilla, el hogar de uno, es el hogar de todos. Ya que la entrada es franca todo se tolera y se festeja todo.

Como todos se sienten complacidos de que sus amigos le invadan la casa para brindarles una copa del mejor Jerez o un vaso de exquisita Lager Beer, aquella parvada de jóvenes empresarios, como los de su época, el día domingo, el primero del carnaval, eligieron una casa y allí bailaron, seleccionaron otra para el Lunes y para el tercer día, otra.

En la segunda planta de la recién entonces construida casa de Don Eusebio De la Hoz, frentera con el costado norte de la Iglesia de San Nicolás desde donde miro discurrir esta tarde un tanto tranquila porque las gentes se trasladaron a la de San Mateo con la fallida expectativa -como ya lo dije- de presenciar las peleas de racamacana entre las Danzas que simulan la Conquista, se dieron estos jóvenes empresarios el primer baile el Domingo del carnaval del año pasado.

El precioso salón decorado con esmero y gusto atraía, seducía y fascinaba.

Al punto de las diez de la mañana lo invadieron en tropel infinidad de disfraces a cual más bellos y alegres, y ¡qué de mascaritas tan graciosas como seductoras! Diablillos que enloquecían y por instantes hermoseaban la existencia.

El segundo día fue en la casa del Señor Don O. G. Muller, que al parecer de todos, es el mejor y más suntuoso que hemos tenido en el carnaval. ¡Qué de entusiasmo y qué de rostros divinos y angelicales!

¡Qué grupo hermoso de caras infantiles a cuál más graciosas, a cuál más alegres! Todo convidaba al placer, por lo que se prolongó aquella agradable reunión hasta las 6 pm.

La juventud quedó altamente agradecida con el Señor Müller, y así, a nombre de ella, lo manifestó el Señor Abraham Juliao, en expresivas y elocuentes palabras.

El Señor Müller con aquella fuerza y amabilidad que le son peculiares a todos los hijos de “La Gran Germania”, dio contestación al discurso del Señor Juliao, recibiendo la corona que le obsequiaba la Juventud Barranquillera, en prueba de gratitud y de cariño.

Finalmente, el día tercero Don Jorge Chuletts, simpático hijo adoptivo de esta población con su estimable señora y toda su familia llenaron de atenciones con su acostumbrada fineza a todos los jóvenes que concurrieron a su casa al baile de máscaras que ofrecieron.

En el año de 88, el del primer día fue en la casa de Doña Ana R de Salcedo, el del segundo en la del Señor Eduardo Gerlein y el del tercero donde el Señor Don Pedro Noguera.

Sería llenar columnas y columnas en este periódico, si me diera a la tarea de describir una por una las atenciones de estas tres familias. Puede decirse que hubo competencia en finura; en todas las tres casas se bailó hasta las cinco de la tarde, hora en la cual cada quien se fue a descansar un rato para emprender la parranda nocturna pues a las ocho de la noche, como es tradición en esta ciudad, empiezan los salones.

En este del 90 se bailó así el 16 en casa del Señor Don Evaristo Obregón; el 17 en casa de Don Rafael Salcedo y el 18 en el Club Barranquilla.

Nos dicen, porque no estuvimos presentes, que los Señores Obregón estuvieron espléndidos y que agasajaron a muchos de sus invitados.