El bello sexo y las anilinas

Autor: Moisés Pineda Salazar

Aquí en Barranquilla, si bien no se dan las sofisticaciones que se pueden ver en los carnavales de Europa, de los que se tiene noticia a través de quienes hasta ultramar han viajado, no se presenta el desenfreno que nos tocó padecer en Caracas en el año 72.

En los de Roma, Nápoles y Venecia se goza muchísimo, según me han dicho, pues yo no los he visto; pero lo creo, que si uno fuera a creer solamente en lo que ve, yo no creería en mi bisabuelo pues que yo no lo conocí.

Recuerdo que en el año siguiente, Don Domingo González Rubio en su semanario “El Promotor”, de segundas, cuenta que en aquellos lugares tienen especialísima gracia y gusto, y como quien dice “palito” para disfrazarse.

Grandes comparsas salen en coches a recorrer las calles de la población, y traban unas con otras, combates en que los proyectiles son flores y confites como lo que hace no más un par de años ocurrió en el Camellón de la Calle Ancha a las 7:00 pm del sábado, vísperas del carnaval, cuando una muchedumbre de señoritas en tropel arrojaban a la cabeza de los espectadores profusión de diminutos y dorados papelitos y gritaban, cantaban, corrían y bailaban.

Comparados con los carnavales de Caracas los nuestros tienen un tinte de distinción y de civilidad.

En aquellos los festejantes se lanzan aguas de toda índole, incluidas las destinadas a ser ocultadas por simples razones de higiene y de vergüenza personal, y de mala manera se tiznan la cara los unos a los otros utilizando polvos y anilinas.

Pero como la costumbre traspasa fronteras, con los viajeros que llegan a esta población que es un cruce caminos, ya hoy los mayores exigen que es necesario enmendar en Barranquilla lo que ellos llaman “la maldita pintura”; en especial para con las damas. Hablan, claro está, de las señoras y jovencitas de la de primera, a quienes quieren privar del placer prohibido de ser manoseadas en el rostro por los galanes que ellas admiran y por los que secretamente suspiran y quienes, de otra manera, en otros tiempos y circunstancias, serían incapaces de hacerlo so pena de ser desafiados a batirse a duelo por los padres, hermanos, esposos o novios ofendidos.

Tanto es el emperramiento de los ancianos, que quieren prohibirle a las jovencitas cubiertas por las máscaras que aprovechen el anonimato para correr por los salones empujándose las unas a las otras y estas a los otros desafiando la tiesura y la falta de apostura que en su mayoridad, fofas las carnes y trémulo el espíritu ante ese aroma que se desprende desde las entretelas la mujer en edad de merecer, quieren disfrazarla de galanura y dignidad para contraponerla a la fiebre de la mocedad de los varones alebrestados. Se les fueron los días en los que como miembros activos tomaban parte en ese vertiginoso y ordenado desorden del carnaval y ya quisieran cambiar su papel de viejos rodillones, pasivos espectadores, por el de jóvenes danzantes.

Porque es en los bailes del carnaval cuando la mujer cubierta con el disfraz adquiere la libertad completa para expresar lo que siente y manifestar lo que desea. Efectivamente, el carnaval es “La República de las mujeres” Ellas pueden emplear impunemente la burla y la coquetería.

Lo que para ellas significa estremecerse al roce de una mano varonil, a sus chaperonas y guardianes les parece una reacción al tormento…

Aquí en el carnaval, de momento en momento, suceden los lances más originales, los más chistosos chascos y se sufren las más célebres equivocaciones y se reciben los más agradables (o desagradables) sorpresas.

Si no, mire Usted lo ocurrido en 1881 cuando, ya entrado en los treinta de una soltería bien llevada, mi amigo Ernesto se encontró perseguido por una mascarita espiritual y graciosa y, suponemos, bella.

Llevaba un vestido de esos que en la Provincia de Padilla llaman de Pilonera; llevaba en la cabeza un pote relleno con semillas que sonaba cuando movía la cabeza; un maniar, y encima un tul, que ocultaba el rostro iban anudados al cuello con un enorme lazo para evitar que se le cayera el pote.

Nuestro amigo, al principio, todo lo llevó con indiferencia, pero bien pronto la curiosidad y el corazón tomó su mordedura y le obligaron a intentar una conquista, tanto más agradable cuanto que se prometía algún desenlace novelesco y lleno de aventuras inesperadas.

La espiritual aparición llevaba las manos cubiertas con guantes y en cada una de ellas unos sonajeros que en las Islas llaman maracas que están hechos con un calabazo seco, fruto del árbol del totumo, al cual se le han extraído las tripas y se han rellenado con piedrecillas que hacen como crótalos cuando se agitan. El pote y las maracas nunca dejaban de sonar e iban acompañados de una nasal y peculiar voz fingida al decir de: “¡y no me conoces mascarita, no me conoces..!

Engolfado en la empresa, gastó todo el repertorio consiguiente a tales casos.

Para abreviar, añadiremos que nuestro amigo concibió la idea de ser correspondido.

Después de haber pasado los tres primeros días Ernesto se dirigió lleno de profundas emociones, a la casa en la que se dio cita para alcanzar el ¡Sí!, prometido. La puerta estaba entornada: tocó y una criada lo condujo a la sala de recibo.

En esos momentos una de nuestras pálidas bellezas, ejecutaba en el piano, como al descuido, ligeras y suaves armonías. Como tres saltos, le dio el corazón de nuestro amigo al ver que iba a hacer realidad sus dorados ensueños. No tuvo tiempo siquiera para saludar, pues un joven de agradable presencia y finos modales, se adelantó y abrazándole le dijo:

Soy el esposo de la Señora X, a quien tengo el gusto de presentar a Usted. Ella me ha referido todo y por lo tanto aguardábamos por Usted. Lo único que le suplico, es que de hoy en adelante acepte nuestra amistad y que por ella, dispense el mal rato que mi esposa le haya hecho sufrir

Mi pobre amigo quedó bien corrido y, aunque entiendo se comprometió a ser amigo de la casa, a la hora en que escribimos estas líneas, todavía resiente las consecuencias de aquel carnaval.

En medio de estas fiestas, en las que no faltan los lances, aquí tenemos la gran ventaja de que la autoridad política se apercibe de toda cuestión personal, cualquiera que sea su origen o gravedad y en cumplimiento de su deber, cita a los contendores, les hace otorgar una fianza y todo queda concluido. Desde luego que no falta el hecho que lamentar como aquel de la tarde del 16 de febrero, domingo de carnaval, en el que el Riohachero Nicolás Pereira asesinó por su propia mano a su amante Beatriz Badillo.

Para entender el sentido de esta fiesta en la que los jóvenes patronos son los primeros en iniciar y seguir la corriente impetuosa de la parranda, les bastaría con mirar a través de sus monóculos y antiparras a los Noguera, los Stacey, los Cortizoss, todos ellos tiznados, abandonando sus negocios y haciendo causa común con los doctores Insignares y Rodríguez y con Emiliano Vengoechea, para darse a la tarea de asaltar los bailes por el día, en unión de sus jóvenes y hermosas esposas, pintando cuanta cara maluca o bonita se les atraviese en el camino, ¿Quién puede molestarse?

¿Quién se resiste? Ni siquiera el empingorotado Don Próspero Carbonell, Prefecto de la provincia, ni Miguel A Vives, el administrador de la aduana, ni un Mr Wolff o un Federico Pérez De La Rosa, personas que por su posición, por su carácter y edad, deben ser respetables y respetados en todo tiempo, lo son en carnaval, cuando la joven más tímida o más viva les echa el lazo y les derrama sin compasión polvos y pinturas desde la cabeza a los pies.