La temporada de carnestolendas (II)

Autor: Moisés Pineda Salazar

Yo debía estar por los 20 años de edad cuando tomé la decisión de escribir por primera vez sobre el susurro, la bullita del Dios Momo y los preparativos que los jóvenes de la clase de primera hacían desde los inicios del mes de Enero para divertirse organizando las comparsas y los bailes que se daban en las casas de los principales, en los salones y en la Plaza Municipal para los de la clase de tercera.

Los antedichos runrunes solo vinieron a tener una fecha de iniciación fija el 20 de Enero, día de San Sebastián, a partir de 1888 cuando empezaban a divertirse en esta ciudad con los disfraces todas las noches y los domingos.

Desde ese día comenzaba la locura y fue en ese mismo año cuando se dio la costumbre de emitir bandos o telegramas, muchos de ellos jocosos sin faltar los que, aún hoy, pasan de los límites de las chanzas ocasionando disgustos entre los afectados.

Está visto que cada quien habla de la fiesta según como le haya ido en ella.

Lo digo porque los que entonces se sintieron víctimas de las proclamas que salían de la pluma afilada del Presidente ilegitimo del carnaval, Benavides Zárate- apodado “Zapote”- quien con su espurio vicepresidente – el intrépido Enrique Pinedo- le hacía la guerra al Presidente legítimo Heriberto Vengoechea de la Clase de los de Primera, en compañía de su Vicepresidente, el no menos decidido campeón del verso Darío Bermúdez, de la Clase de los de Segunda, seis años antes le habían dedicado una lluvia de versos torcidos a su Majestad Don José 1º, Rey del Carnaval de aquel entonces y miembro de la Sociedad de Temperancia.

Nunca pensaron que ese ejercicio de décimas fáciles, del cual fueron pioneros, al poco tiempo devendría en el arte sartorial que supone elaborar estas proclamas urticantes de las que ahora resienten y que los han obligado a decretar: “que no sean las carnestolendas las épocas que deban aprovecharse para ridiculizar al prójimo

El de este año no fue un carnaval de grandes regocijos.

A ello contribuyó la epidemia que azotó a la población y que produjo una gran cantidad de defunciones que afectaron a numerosas familias de todos los niveles sociales, aunque no se llegó a suspenderlo como ocurrió en 1885 cuando la ciudad sirvió de escenario a la batalla entre las tropas gobiernistas y las de los revolucionarios radicales.

Tampoco hubo Presidente del Carnaval ni se presentó el simulacro de la Conquista que todos esperaban, ni se continuó con la idea de recorrer con carros alegóricos las calles principales como hace siete años.

En ese entonces para conmemorar el centenario del nacimiento de El Libertador, cinco niñas vestidas primorosamente y en representación de las cinco repúblicas fundadas por Bolívar constituían el mejor adorno de un carro decorado con motivos patrióticos al cual le seguían otros en lucido cortejo y no hay razones para no seguir haciendo lo mismo en estos tiempos de jolgorios al igual que lo hacen en las fiestas cartageneras del 11 de Noviembre.

Hace 8 días, la máquina de vapor Nº 6, traída desde Puerto Colombia, rodó por los tendidos de los rieles de la Tranvía de Barranquilla, de tal manera que el camino de hierro se estrenó con máquina de fuego y conduciendo carros con cincuenta fardos cada uno de ellos.

La máquina emplea carbón de piedra, sin que se tenga el menor cuidado; pues es sabido que al haber chispas se convierten en ceniza tan luego salgan al aire y ya está anunciado que para el próximo martes 26 en el vapor AILSA, visitando Puerto Colombia, llegarán dos carros elegantes para pasajeros de primera clase con destino al Tranvía de Barranquilla.