
NORA DUARTE - MIAMI (E. U.)
Hay un tiempo para anticipar la llegada del bebé,
un tiempo para consultar al médico.
Un tiempo para soñar
lo que será este niño cuando crezca.
Un tiempo para
pedirle a Dios que me enseñe a criar al hijo que llevo
en mis entrañas.
Un tiempo para preparar mi alma, para
alimentar la suya, pues muy pronto llegará el día en
que nacerá.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para alimentarlo durante la noche, para
cólicos y biberones.
Hay un tiempo para mecerlo y un
tiempo para pasearlo por la habitación, con paciencia
y abnegación.
Un tiempo para mostrarle que su nuevo
mundo es un mundo de amor, de bondad y de dependencia.
Hay un tiempo para maravillarme de lo que él es: Una persona, un ser creado a imagen de Dios.He resuelto
hacer lo máximo a mi alcance.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para tenerlo entre mis brazos y contarle
la historia más hermosa que jamás haya oído.
Un tiempo
para hablarle de Dios y enseñarle a maravillarse y
sentir asombro.
Hay un tiempo para llevarlo al parque
a columpiarse, de correr con él una carrera, hacerle
un dibujo y darle compañerismo lleno de alegría.
Hay un tiempo para enseñarle el camino y enseñarle a orar
con sus labios de niño y enseñarle a amar la palabra de Dios.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para cantar en vez de renegar, sonreír
en vez de fruncir el ceño, un tiempo para compartir
con él mis mejores actitudes, mi amor por la vida, mi
amor por Dios, mi amor por los míos.
Hay un tiempo para contestar a todas sus preguntas, porque quizá
vendrá el momento en que no querrá escuchar mis respuestas.
Hay un tiempo para enseñarle muy
pacientemente a obedecer, a poner en su lugar los
juguetes, hay un tiempo para mostrarle lo hermoso del
deber cumplido, de adquirir el hábito de leer libros
profundos, de conocer la paz que viene por la oración y la introspección.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para verlo partir valientemente a la
escuela y extrañar su manera de estar siempre
a mi alrededor, de saber que estaré allí para responder
a su llamado cuando vuelva de la escuela y escuchar
con interés sus descripciones de lo acontecido en ese día.
Hay un tiempo para enseñarle a ser independiente,
a tener responsabilidad, de saber disciplinarlo con
amor, porque pronto llegará el momento de dejarlo
partir y de soltar los lazos que lo sujetan a mi
falda.
Porque los hijos no esperan.
Hay un tiempo para atesorar cada instante fugaz de su
niñez, para inspirarlo y prepararlo. No voy a cambiar
este derecho natural por ese "plato de lentejas"
llamado posición social o reputación profesional o por
un cheque de sueldo.
Una hora de dedicación hoy, podrá
salvar años de dolor mañana. La casa puede esperar,
los autos de lujo pueden esperar, los platos pueden esperar,
la pieza nueva puede esperar.
Porque los hijos no esperan.
Llegará el momento en que ya no habrá más puertas que
golpean, ni juguetes, ni peleas entre ellos, ni marcas
en las paredes; entonces podré mirar atrás con gozo y
saber que estos años de ser madre no se desperdiciaron.
Pido a Dios que llegue el momento en que pueda ver en mi
retoño a un ser íntegro, amando a Dios y sirviendo a los demás.
Dios mío, dame la sabiduría para saber que hoy es el
día de mis hijos, no existen los momentos de poca importancia en sus vidas.
Que sepa comprender que no hay carrera mejor, ni trabajo
más remunerador, ni tarea más urgente.
Que yo no postergue ni descuide esta labor, que pueda aceptarla
con gozo, y que con la ayuda del Espíritu Santo me dé
cuenta que el tiempo es breve y que mi tiempo es hoy.
Porque los hijos no esperan.
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