ÁLVARO Serrano Duarte BARRANQUILLA (COLOMBIA)
Con el ánimo de mostrarle las grandes diferencias que existen entre ser rico y ser pobre, un padre multimillonario llevó a las montañas de Penonomé a su hijo para pasar tres días con una familia campesina.
De regreso a casa, el padre preguntó a su hijo:
—¿Cómo te pareció la experiencia del campo?
—Buena...-contestó el hijo, con la mirada puesta en la distancia.
— ¿Y qué aprendiste? -Insistió el padre mientras conducía su costoso automóvil-.
Y el hijo contestó, en tono preocupado:
—Que nosotros tenemos
un perro y ellos tienen cuatro...que nosotros tenemos una piscina de agua
estancada que llega hasta la mitad del jardín y ellos tienen un
río sin fín, de agua cristalina, donde hay peces, berros
y otras bellezas...que nosotros importamos lámparas del oriente
para alumbrar nuestra casa y el jardín, mientras ellos se alumbran
con las estrellas y la luna...
que nuestro patio llega hasta la cerca y
el de ellos llega al horizonte...que nosotros compramos la comida y ellos
siembran y cosechan lo que comen...nosotros oímos Cds y ellos escuchan
una perpetua sinfonía de bimbines, chuíos, pericos, cacatúas,
canarios, ranas y otros animalitos... nosotros cocinamos en estufa eléctrica,
ellos todo lo que comen tiene ese glorioso sabor del fogón de leña...para
protegernos, nosotros vivimos rodeados por un muro con alarmas y ellos
viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos...nosotros
vivimos conectados al celular, al computador, al televisor y ellos en cambio
están conectados a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde
del monte, a los animales, a sus siembras, a su familia...
El padre no daba crédito a lo que escuchaba, sobre todo cuando su hijo terminó diciendo:
—Gracias papi, por haberme enseñado lo pobres que somos nosotros...
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