
ÁLVARO SERRANO DUARTE - Barranquilla, Colombia
EL CONFLICTO ARMADO EN SANTANDER (COLOMBIA) SE DESARROLLA MEDIANTE MASACRES MASIVAS, ATROCES E INNECESARIAS
Tratar el tema de la violencia en Colombia, circunscrita a un departamento como Santander, cuya historia de hechos violentos –incluida la independentista del siglo XIX- es casi dar por connatural el ánimo guerrerista de un pueblo que se convierte en objetivo mezquino de grupos alzados en armas, cuya actitud cobarde se ve reflejada en la muerte de niños y ancianos, de gente desvalida y pobre.
Pero la historia política de Santander tiene unas características muy especiales que van a permitir, mediante el presente ensayo, generar unas pautas que explican el por qué de tales procedimientos execrables y condenables por el Derecho Internacional Humanitario.
Esas multitudes de desplazados que llegan a Santander o que salen de él, pueden ser el resultado directo de una estrategia de guerra, mas no una consecuencia de ella. Si para los medios de comunicación las masacres y genocidios que a diario publican en sus periódicos, emisoras o cadenas de televisión son atroces e innecesarios, tal vez resulta lógico saber el por qué a quienes las producen, esos mismos hechos resultan necesarios y positivamente productivos.
El propósito de este análisis es auscultar los oscuros rincones de unas mentes que por su accionar y sangriento proceder parecieran simplemente estar saciando sus negras conciencias. Pero si, como observamos, tales hechos parecen conducir a una constante y a una metodología diseñada para algo específico, no podemos caer en la simplista consideración de que solamente son mentes torcidas.
En el curso de este trabajo, es mejor proveernos de mecanismos de comparación histórico-sociológica que nos dicten las pautas para comprender la justa y cabal magnitud del problema de las masacres y su posterior consecuencia social y económica.
Toda relación humana –inclusive en la guerra- debe estar enmarcada dentro de lineamientos o reglas de procedimiento que hagan más expeditas y claras las consecuencias.
Mirar con objetividad este recurso moderno, puede resultar apropiado para asumir con responsabilidad el estudio de esta fenomenología que tiene en ascuas a la sociedad santandereana.
Destruir al enemigo es la arquetípica fórmula de los contendientes en un conflicto armado y es la manifestación, en la medida de sus logros, de su poder logístico y de inteligencia militar. Todo esto sin distinguir si se trata de fuerzas del Estado contra grupos armados que intentan desestabilizar el régimen o el gobierno, o de un Estado contra otro Estado o entre grupos armados ilegales contra otros de su misma condición.
Ese procedimiento de destrucción se enfoca a infligir daños en la estructura organizacional del enemigo de tal forma que pueda disminuir su accionar o su capacidad de dominio en un territorio determinado. Y para causarlos, los contendientes mutuamente realizan estudios sobre los factores que al contrario le hacen más débil, como el impedimento a obtener medios de sustento, limitar o interrumpir las comunicaciones entre los dirigentes y sus seguidores, sabotajes, ataques a unidades desprovistas de apoyo... de todas maneras, con actos directos a aquello que forma parte de la organización enemiga.
Pero cuando el conflicto armado, específicamente el conflicto colombiano, genera hechos violentos contra estructuras sociales, políticas o económicas ajenas al concepto mismo de los contendientes, ellos van encaminados a debilitar de manera indirecta –o por lo menos, es lo que esperan- a la organización estatal.
De manera gráfica y, de pronto, poco convencional para presentar en un ensayo de esta naturaleza, podría traer a colación el ejemplo de un niño de 10 años que golpea a su hermanito de seis meses de edad por que su padre le prohibió seguir jugando con un balón dentro de la casa, después que había roto un jarrón muy fino.
En la memoria histórica de Colombia, Santander representa el territorio que fue último en una confrontación de guerra, cuando en Palonegro las fuerzas del general Uribe Uribe se enfrentaron con las del Partido Conservador.
Fue una lucha fraticida, muy violenta, con numerosas bajas humanas en ambos bandos. Pero el accionar de ambos frentes de combate se centraban en realizar actos de destrucción con dirección exclusiva sobre lo que pudiera representar fortalezas en el enemigo.
Quienes estuviesen fuera de dicho conflicto como actores, eran solamente espectadores de la lucha. Los actos de guerra perturbaban, en exclusiva, en el territorio donde se estaba produciendo la confrontación.
Sus pobladores salían de sus propiedades para guarecerse de los peligros “accidentales” que dicha lucha podía representar. Para ello, vendían sus tierras, sus animales y se trasladaban a otro lugar de la patria, a donde no se estuviera bajo el peligro de ser confundido con el enemigo o de ser acusado de colaborar con las fuerzas contrarias. Esos desplazamientos humanos no generaban estados de zozobra en la comunidad a donde llegaban, dado que llevaban consigo dinero y muebles que les facilitaban integrarse a la producción o convertirse en la mano de obra faltante de la zona que los recibía.
Por antonomasia, Santander es el producto de un desplazamiento generado por la lucha entre judíos y el imperio español en España. De allí partieron nuestros ancestros, obligados por un Estado sediento de ingresos para mantener la estructura conquistadora y colonizadora de América, mientras libraba en simultánea la guerra contra los turcos. En nuestras escarpadas tierras se escondieron aquellos inmigrantes, intentando procurarse cobijo y protección.
Pero en la nueva vida, los problemas no terminarían y de ello dan cuenta los hechos históricos de nuestra patria cuando muestra a las heroínas y tribunos intentando zafarse del yugo imperialista, mediante protestas, manifestaciones y la gran marcha hacia Santafé de Bogotá, que fue resuelta mediante engaños y cuyos máximos cabecillas fueron asesinados por el gobierno imperante, como método para disminuir el poder que estaba enriqueciendo a burdos campesinos.
Así, pues, era la forma de obtener resultados exitosos contra quienes intentaban desestabilizar la organización estatal. Era dirigir o enfilar la destrucción de los actores principales del grupo que intentaban subvertir el orden preestablecido (por lo que en adelante se llamarían grupos “subversivos”).
En cierta medida, por los análisis históricos de lo que fue demasiado costoso para las organizaciones al margen del Estado, enfrentar directa y exclusivamente a las fuerzas del Estado, la lucha moderna ya no enfrenta de la misma forma metodológica (asumiendo la discusión directamente con los dirigentes del Estado), sino realizando actos vandálicos como destrucción de propiedades inmuebles, muerte de ganados (años 50–70); secuestros y asesinatos de personalidades (años 80 – 90); y desde los años ’90 hasta hoy, todo lo anterior más secuestros masivos de personas sin distingos de poder económico o político, secuestro de miembros indefensos de las fuerzas militares o de policía, ataques indiscriminados en los grandes centros urbanos con bombas de destrucción masiva, genocidios y masacres de la población más desprotegida.
A sabiendas de que sería infructuoso y absurdo enfrentar la fuerza del Estado de manera directa, el recurso de aplicar el rigor de la guerra a todos los sectores de la sociedad, sin distingos de edad, capacidad económica ni social, los grupos al margen de la ley están provocando –mediante sus acciones- el empobrecimiento de la sociedad a tal extremo que pueda ser válida una negociación en condiciones desiguales. Y cuando en el titular de este ensayo se registra como ATROCES E INNECESARIAS, podríamos seguir pensando que el carácter de atrocidad seguirá existiendo aun cuando solo produzca una sola muerte; pero la condición de innecesaria cambia según la perspectiva socio-política con que se le mire.
Los resultados están a la vista en las calles de todas las ciudades de Santander. Cientos de familias ocupando aceras y parques con sus pequeños hijos, sin trabajo y sin medios económicos para solventar su diario trasegar. En los campos santandereanos, los ricos y los pobres, sin distingos de ninguna clase, están siendo aniquilados si siguen en sus parcelas o propiedades.
Y para poder salir, deben hacerlo de manera intempestiva, con toda su familia y con ninguna de sus propiedades muebles y abandonando sus ganados y tierras. Todos ellos convirtiéndose en una masa humana empobrecida hasta extremos jamás antes vistos, que va de un lado a otro del país y que, para agravar su desgracia, tampoco están a salvo de el exterminio que le infieren los grupos ilegales que los matan para cumplir su tarea de conquista de un poder a punta del dolor de los más indefensos.
Es aquí en este tópico, donde podemos encontrar que para tales contendientes, las masacres y genocidios son utilísimos instrumentos para causar el caos que en algún momento podrá proporcionarles el éxito que durante más de cincuenta años intentan lograr.
CONCLUSIONES
Si alguien desea encontrar una solución, debe enfrentar el problema con la perspectiva de quien sufre los rigores de la guerra entre los poderes de una sociedad. Si el problema se sigue mirando desde los resultados militares, en cuanto tienen que ver con bajas de sus unidades bélicas, secuestros de policías y soldados, etc., la confrontación no acabará jamás.
Entre tanto, seguirán aumentando las masacres y genocidios, cada vez más espantosos y crueles, dando tales resultados, que son realizados fuera de la contienda militar, los mejores puntajes para el resultado final de la guerra. Sólo es cuestión de mirar desde el punto de vista utilitarista del procedimiento de masacrar personas humildes, niños o ancianos.
Les representa a sus dirigentes el menor esfuerzo militar y el mayor resultado de terror social, que es en últimas el verdadero provecho para acrecentar su poder en el territorio a donde se asientan, sin dejar de lado causar daños en otras partes del país, mientras producen resultados militares por la división de las fuerzas del Estado, intentando abarcar todo el territorio nacional, acompañado de corruptelas que desmejoran su capacidad económica para afrontar a tales grupos de alzados en armas.
En tanto veamos, o podamos ver con objetividad, que las masacres desde la óptica civil son innecesarias, ciertamente crueles y definitivamente obscenas, al Estado –equivocadamente- le parecen excelentes para demostrar la maldad de los enemigos y a ellos, esos hechos de su autoría intelectual y material preparan el camino lento y progresivo de empobrecer al país, haciéndole inerme y acostumbrado a los nuevos hechos de sangre.
De seguir así, las arcas de la guerrilla y el paramilitarismo estarán rebosantes y su contrario —el Estado— menguado y sin poder recibir recursos de un pueblo empobrecido y esa tal vez sea la hora en que veamos que las condiciones de negociación de la paz estarán dirigidas por el grupo más fuerte.
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