
ÁLVARO SERRANO DUARTE Barranquilla, Colombia
En aquel barrio nadie había pensado en montar una droguería, hasta que Jesús alquiló un pequeño local en la esquina más humilde. Era un muchacho de apenas veintidós años que sabía muy poco de medicamentos, sino fuera lo que todos conocen por la constante repetición de consejeros médicos cuando alguien se enferma.
Nadie antes lo había visto por aquel barrio, pero prontamente todos los vecinos fueron a asegurarse de quién se trataba: los hombres casados, por si era confiable para dejar que sus mujeres le consultaran asuntos íntimos y las mujeres para saber si era confiable para contarle sus secretos de alcoba.
Quienes menos se interesaron fueron los niños, porque
su idea de esa clase de sitios era que resultaban demasiado dolorosas sus
visitas. Pero fueron los primeros niños que lo vieron, quienes pedían
volver a donde Jesús, el Farmaceuta de la esquina.
Inicialmente, la pequeña farmacia sólo vendía medicamentos populares, de aquellos que no requieren de receta médica. Algunas revistas, cremas para la piel y útiles de aseo personal. Jesús no parecía ser un experto. No sólo no parecía, sino que efectivamente no era un conocedor de asuntos farmacéuticos.
Había llegado a la ciudad en busca de mejores horizontes personales. Durante tres años se había dedicado a realizar diversos oficios, como vendedor de verduras, ayudante de camión, lavador de vehículos y otros que se hacen si no se encuentra algo mejor.
Jesús, un bachiller que tenía conocimientos de todo, pero no sabía hacer nada. Por tal motivo, debía aceptar cualquier trabajo. Cumpliendo con las instrucciones que su padre le había dado, antes de ser asesinado en su pueblo natal, Jesús ahorraba la décima parte de sus ganancias.
Por pequeños que fuesen sus ingresos mensuales, había aprendido la ley del ahorrador. Su padre, un rico hacendado le recomendaba pagarse a sí mismo un sueldo.
—Cuando te paguen un sueldo u obtengas una ganancia en un negocio, aparta para ti un décimo del ingreso. Ese será tu verdadera ganancia, porque el resto de lo que supones que has ganado no es tuyo, sino de quien te vende la alimentación, el vestuario, el arriendo, de los empleados, de las oficinas de impuestos, del transporte... -Le explicaba su papá.
Jesús practicaba con mucho esfuerzo las lecciones de su padre. Con oficios de poca paga, el muchacho sentía que siempre tenía dinero, aunque no lo gastaba por más que fuese la urgencia, sobre todo si se trataba de falsas necesidades, como un helado, un refresco, un pan decorado, o cualquier otra golosina.
Ahora estaba detrás del mostrador de su primer negocio. Lo había logrado mediante un acto de fe en su capacidad para afrontar con serenidad su propio compromiso. En los meses previos, cuando terminaba su jornada de trabajo, había visitado todas las droguerías de la ciudad en busca de un trabajo como mensajero o ayudante de mostrador, sin éxito.
De las actividades comerciales, Jesús consideraba la del droguista como la profesión perfecta. Para él, un farmaceuta representaba a la persona que podía tener más conocimiento que ningún otro profesional.
El farmaceuta sabe de química, de medicina, de sicología, de política, de comercio, de tecnología, de historia, de pequeña cirugía, de nutrición, de contabilidad, y otras ciencias que debe aplicar a su condición de comerciante de medicamentos.
De la actividad farmacéutica, a Jesús le atraía especialmente: la facultad de hacer milagros. Jesús estaba seguro que él podía hacer milagros. Pero no de la forma como muchos lo hacen, llenando estadios, pagando multimillonarios espacios de televisión, ni invocando a Dios. Él haría los milagros de otra manera.
Los avisos de su negocio estaban terminados, las pocas medicinas populares en su sitio y Jesús esperaba la llegada de la primera persona que necesitara un milagro.
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