"Más veces descubrimos nuestra sabiduría con nuestros disparates que con nuestra ilustración" Oscar Wilde
CRÓNICAS LITERARIAS

 

SAHAGÚN y el Ánima del camino

Egresado del Colegio San Carlos, Diego Rosselli estudió medicina en la Universidad del Rosario y se hizo neurólogo del Hospital Militar. Ha cursado varios programas de posgrado. Vale destacar un año dedicado a la neurología experimental en el Instituto de Psiquiatría de Londres y luego mes y medio de gerencia de proyectos en Suecia. Adicionalmente ha conseguido dos maestrías: una en educación en la Universidad de Harvard y otra en políticas de salud en el London School of Economics. Entretanto, ha sido profesor de numerosas universidades (Andes, Javeriana, Rosaro, etc.), Director de Desarrollo Científico del Ministerio de Salud, Consultor del Consorcio Hospitalario de Cataluña, Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Militar Nueva Granada, Presidente del Consejo Directivo de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (Ascofame), Director General de Salud de la Cruz Roja Colombiana y magistrado del Tribunal Nacional de Ética Médica. En la actualidad Diego Rosselli es un profesional independiente. Es miembro de la Academia Nacional de Medicina, columnista del diario económico Portafolio y reconocido conferencista internacional. Entre sus publicaciones figuran seis libros, numerosas crónicas de viaje y escritos periodísticos, un cuento infantil y más de medio centenar de artículos científicos.

Diego Andrés Rosselli Cock - Bogotá, Colombia

Un alma en pena intercede por sus devotos en este pueblo sabanero de Córdoba. Una noche de la primera mitad del siglo XX murió la campesina Buenaventura Tenorio al caer del burro que la llevaba de regreso a su rancho en las afueras de Sahagún.

San Juan de Sahagún, Córdoba, Colombia

San Juan de Sahagún, Córdoba, Colombia

Sus amigos, ahijados y compadres se encargaron del sepelio, y erigieron una humilde cruz en el lugar en donde habían encontrado su cuerpo. Pasó poco tiempo antes de que los viajeros que recorrían aquel polvoriento camino que conduce a la vereda de Santa Catalina empezaran a hablar de los favores que ‘Buena’ Tenorio concedía a quienes rezaban por su alma en pena.

 

Alguien ganó una lotería con la intercesión del Ánima del Camino -como vino a llamarse el mito- y le mandó construir una pequeña ermita de ladrillos blanqueados. De esta manera, el lugar pudo acoger con más facilidad las romerías de enamorados que desde entonces vienen a implorarle por sus amores no correspondidos. Al ánima le rezan también los ganaderos, que ruegan por sus reses extraviadas; los políticos que aspiran a conquistar más votos lícitos, o los estudiantes de los colegios sahagunenses, que hacen la promesa de regresar trotando a pleno sol hasta el santuario si el ánima les ayuda a obtener las calificaciones aprobatorias.

Entre las ofrendas del lugar hay ramilletes de arroz desecado y atados de flores de toda especie. Hay allí veladoras encendidas negreando las paredes, así como riachuelos de esperma seca como constancia de todas esas y otras velas del pasado.

Vista panorámica parcial de Sahagún, Córdoba, ColombiaLargo, como ese camino que ha seguido el cristianismo vernáculo, es el recorrido lingüístico del nombre de este pueblo de Sahagún. Su ciudad gemela, el Sahagún español, está sobre el camino de peregrinación a la cuna del apóstol Santiago, en Compostela. Originalmente, el poblado se conoció como Sanctus Facundus, por el monasterio benedictino donde reposan los restos de Facundo, un santo ibérico martirizado por los romanos. Por esos recortes silábicos que sufre el lenguaje, Sant-Facunt derivó en Sahagún.

San Juan de Sahagún fue entonces el nombre completo que le puso a este pueblo neogranadino el gran fundador de ciudades Antonio de la Torre y Miranda. Para 1775, cuando él llegó, ya existía a corta distancia de aquí el caserío de Paloquemao. Don Antonio reunió a la gente tanto de ese poblado como de otro de nombre ‘Sajú’ y a todos los obligó a trasladarse al sitio por él escogido, ubicado en una planicie amplia provista de tres nacederos.

En su diario, De la Torre y Miranda dejó consignado ese 7 de diciembre cómo se hizo el trazado y la posterior asignación de los lotes. Se marcó el espacio para la plaza principal, la iglesia y la cárcel, así como para cada uno de los 207 jefes de familia que ese día lo acompañaban. A cada uno le correspondió un lote de veinte varas de frente por cuarenta de fondo, con excepción de don Carlos Meléndez, a quien De la Torre y Miranda le escrituró un lote doble por su condición de autoridad local de la Corona.

Desde entonces, asegura el historiador Róbinson Nájera, los políticos locales se han arrogado el derecho de llevarse siempre para ellos la mejor parte. No es en vano que hoy la mitad de los congresistas sahagunenses se encuentren presos, agrega Nájera con ironía.

Iglesia de Sahagún, ColombiaEn todo caso, seis meses pasaron desde la fundación oficial hasta el traslado formal del pueblo de Paloquemao. Una procesión de vacas, caballos, burros y cerdos acompañó a los ornamentos del templo y a la imagen de San Juan en ese recorrido de una legua. Debieron ser dos o tres horas de camino, iniciando la marcha de madrugada, cuando es más soportable el clima en estas tierras bajas del trópico. Así, el 12 de junio de 1776 el sacerdote Juan de Ledezma ofreció la primera misa en el improvisado templo, que inició su vida con rango de viceparroquia. La sede parroquial estaba ubicada en el lejano, pero ya por entonces centenario pueblo de San Benito Abad, al sur, en la región de La Mojana.

El pueblo de Sahagún fue creciendo alrededor de su tradición ganadera, impulsado por su situación estratégica a mitad de camino entre Montería y Sincelejo, y en medio de la trocha ganadera que desde las sabanas de la provincia de Cartagena llevaba la carne a los mercados antioqueños.

El folclor sabanero, con sus porros y fandangos, tuvo también asidero aquí, sobre todo en las áreas rurales del municipio, como en Colomboy y La Ye, sedes de dos de las grandes bandas de música. El maestro de la gaita Juancho Nieves, y el grupo cultural Piedecumbre son orgullosamente sahagunenses.

A corta distancia del centro, y hoy en el corazón del pueblo, fue creciendo con el tiempo un gran cementerio en donde, a más de las historias de aparecidos, se agregarían luego las de amantes clandestinos ocultos entre las lápidas.

Este fue el cementerio que visitó el viajero británico Cunningham Graham en 1917: “Animales sin domesticar hacen sus caminitos entre las tumbas y a veces un armadillo hace su cubil en una de ellas. Todo parece tan reseco y tan descuidado que cuando se cruza la puerta involuntariamente se siente compasión por quienes reposan en estos sepulcros arenosos, expuestos en muerte, como lo estuvieron en vida, a una batalla continua con el sol.

Cuando se pasa por un cementerio como el de Sahagún sería inútil derramar una lágrima, porque se evaporaría antes de llegar al suelo”.

 

En una de esas tumbas, y solo unos años después de la visita de Graham, debieron ser depositados los restos de aquella buena mujer que aseguran fue Buenaventura Tenorio. Desde su lugar privilegiado en el más allá, hoy el ánima del camino podrá ayudar no solo a reducir las condenas de esa clase política local comprometida en la ‘parapolítica’, sino a enderezar las virtudes de los mandatarios que han de venir. San Juan de Sahagún bien se lo merece.

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