Cuentos del Sena: El Padrecito

José Joaquín Rincón Chaves - Periodista, Abogado y actor de radio - Bogotá, Colombia

 

 

Autor: José Joaquín Rincón Cháves - Periodista, Abogado y actor de radio - Bogotá, Colombia  ... Ver más publicaciones........►

 

Cuentos del Sena: El Padrecito

Nunca le escuché un sermón. Cuando jugaba basquetbol, a veces le saltaba el egoísmo y se iba solito rumbo a la canasta tratando de lograr dos puntos para ganar el partido.

Eso irritaba a otro jugador que por su cojera, no lograba alcanzar al curita para que le pasara la pelota. Era rápido en sus desplazamientos por la cancha del centro comercial y en las escaleras era común verlo departiendo con los aprendices o con el jefe que para rematar se llamaba Moisés.

Este, a diferencia del héroe bíblico, no había sido salvado de las aguas, sino que más bien se consagraba a las bebidas espumosas y a las espirituosas. Era un alma medio perdida, que en ocasiones, adhería a la causa de su hermano revolucionario y en otras se entregaba al goce pagano de los carnavales en Barranquilla, de las fiestas novembrinas en Cartagena y de cuanto furrusquete de disfraces hubiese por la Costa y sus alrededores.

Pero, definitivamente, la debilidad del párroco de la Torcoroma, era el jefe del centro comercial. Tal como Mario Moreno, lo mandaban los monseñores de iglesia en iglesia, tratando de darles una manito a los curas viejos.

Era tal su influencia, que hasta llegó a ser el capellán del Servicio Nacional de Aprendizaje- Sena- Atlántico y el digno representante de la curia en el Consejo Regional. A otro curita, le escuché decir, que Luis Alberto, era un adicto a las medias moradas.

Tal vez era así, al punto que llegó a ser Párroco de la Catedral, pero antes había pasado por muchas capillas en la ciudad, lo que equivaldría a decir que como algunos de los altos mandos militares, empezó de soldado raso. En alguna de ellas, conoció al joven Moisés a quien después, siguió viendo como directivo del SENA.

El curita, se gastaba, también a veces, un geniecillo mal administrado. Como cuando un director, compañero del equipo de basquetbol, trató de nombrar a una mujer de religión protestante, como instructora de ética.

La gazapera que armó con Gladys María, fue de antología. Al punto que por única vez, el arzobispo asistió al Consejo Directivo y logró amainar la tempestad pues las aguas volvieron a su nivel, como las de la tormenta del Mar de Galilea, con el capellán como profesor de los aprendices en su parte religiosa y moral.

Eran los tiempos previos a la constitución del 91, donde el hermanito de Moisés, tuvo alguna participación en el ordenamiento que garantizaba la libertad de cultos.

Ese ir y venir de Luis Alberto, por las parroquias de la Arenosa, y una pequeña crisis de su discípulo amado, lo llevaron a darle posada en una casa cural que regentaba.

El pachangueo y la ninguna noción del ahorro, provocaron que Moisés fuera expulsado de Egipto. Quiero decir, del local que tenía en arriendo cerca del centro comercial.

Enterado de sus penurias, el buen sacerdote, ofreció por unos días, alojo al descarriado. Era el tiempo del 11 de noviembre. Reinado en Cartagena. Disfraces en el corralito. Ron Tres esquinas en cada esquina de La Heroica.

Caras blancas de maicena. Telecaribe transmitiendo el jolgorio y mujeres bellas y lanzadoras de besos en yates y balleneras. Una tentación demasiado grande para el casto Moisés recluido en el monacal recinto de la Torcoroma.

Nuestro hombrecito, compró pasaje en Brasilia. Se bajó en el Camellón de los Mártires y solo se vino a saber de él, cuatro días más tarde, cuando en la madrugada, casi a gatas y disfrazado de tigre, trataba de abrir la puerta de la casa cural de la Torcoroma con un cigarrillo.

Una feligresa, de esas madrugadoras, creyendo que era el párroco, se santiguó y le dijo:

- Padre, con ese cigarrillo no se abrirá la puerta y menos con ese disfraz de tigre mono.

El sorprendido Moisés, sin quitarse la careta gritó:

- ¡Erda, entonces me fume la llave!

Afanosamente registró en su traje de rayas blancas, negras, rojas y amarillas, hurgó en la cerradura y se metió presuroso al recinto eclesiástico.

El escándalo fue mayúsculo. La feligresía se puso furiosa y solo se calmó cuando el curita titular ofició la misa de cinco de la madrugada sin mostrar señales ni de guayabo y ni de lengua estropajosa cuando hizo el sermón sin titubeos.

Enterado del desalmado acto, Luis Alberto expulsó a Moisés del templo, quiero decir de la casa cural. Al parecer lo perdonó pronto, pues no sufrió ningún castigo, ni fue expulsado del Sena, lo cual si hubiese sido fatal para este hombre enamorado de su trabajo como jefe del centro comercial.

Moisés Pineda Salazar

 

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