Papi, papi, cuando uno se muere, ¿a dónde se va?

Jaime Lustgarten - Empresario - Barranquilla, Colombia

 

 

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Perdí la cuenta las veces que he contado, referido o escrito esta historia. Es una anécdota de una época en la que comenzaba una familia y nos habíamos recién mudado a una hermosa casa que construí en Villa Santos, una urbanización al norte de Barranquilla, con una hermosa vista del mar de Puerto Colombia.

La niña preguntonaMe hacía pensar en los inmigrantes como mis padres y abuelos que entraron al país por aquel gran puerto y muelle, el que alguna vez joven y erguido miró aquél mundo con porvenir.

Karen, mi pequeña primogénita, contaba con escasos dos años de edad y empezaba a preguntarme con su inmensa curiosidad cosas sorprendentes. La inteligencia de los niños nos asombra más por las preguntas que hacen que por sus respuestas.

Muy temprano una mañana, luego de desayunar, saliendo por la puerta principal de la casa para ir al trabajo, escuché su dulce voz llamándome:

— ¿papi, papi, cuando uno se muere a dónde se va?

— ¿Qué, qué?... -fue mi reacción inmediata. Y en ese momento no supe responderle. Me agarró como a beisbolista fuera de base.

Entonces le dije:

— Amorcito, ahora estoy de afán, pero cuando regrese a la noche conversamos otra vez.

Y así salí de casa. Pensé mucho ese día qué responderle; luego me calmé, especulando: "seguro de aquí a la noche se habrá olvidado el asunto’’. Pero no fue así, y regresé a casa al atardecer, que por cierto era hermoso en ese lugar alto de Villa Santos, y nuevamente escuché la tierna voz de mi pequeña:

— ¿papi, dónde vamos al morir?

¡…quería desvanecerme, literalmente!

 Es difícil a veces responder a los niños. No podemos mentirles; son inocentes criaturas y necesitan respuestas que puedan comprender, y nosotros los padres somos sus primeros maestros. Rogué a Dios me ayudara en ese instante para darle una respuesta adecuada. Fue cuando se prendió un bombillo en mi cabeza.

Le dije:

— ¿Recuerdas hija en dónde estabas antes de nacer?

Ella, moviendo su cabecita, me dijo:

— No.

Entonces le explique:

— Nos preocupamos por saber hacia dónde vamos, pero muy poco de dónde venimos. Creo que todos regresaremos al mismo sitio donde estábamos antes de nacer. Así como los salmones que vimos en la televisión, que nacen en el río y emigran al mar, luego años después regresan al mismo lugar donde nacieron. Ahí ponen sus huevitos y mueren para que empiece otra generación y la vida pueda continuar.

Y así mi pequeña regresó al patio para seguir con sus juegos y sueños.
 
La vida está llena de interrogantes que no sabemos responder, sino con otra pregunta. Y esta anécdota la recuerdo con cariño. Aquel día empecé a sentir la necesidad de escribir. Fue así como una versión de esta historia fue publicada por un periódico comunitario, y un gran maestro, el profesor Mordechai Yacobi, me llamó para felicitarme por ella, lo que ciertamente me animó por muchos años con esta gran vocación.
 
…y si le sirve a un solo padre al encontrase frente a esta gran pregunta, todo esto habrá entonces valido la pena.

 

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