Sea en Mocoa o en Maicao, pensar con las patas trae muerte al pueblo

Gustavo Álvarez Gardeazábal - Escritor - Tuluá, Colombia

 

 

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Cuando uno veía la falta de maquinaria para remover el barro y la muerte de Mocoa, pensaba en cuánto habrían servido las retroexcavadoras que Mauricio Cárdenas  ordenó que  volaran con dinamita porque eran propiedad de los mineros llamados ilegales, que no piden permiso para buscar el maldito oro, no consiguen el visto bueno ambiental en la respectiva CAR y terminan obligados a vender lo que sacan a los narcotraficantes, que lo compran para evadir los dólares y lavar el producido de su cocaína.

Pero pienso también en la estupidez que hemos cometido en Colombia en los últimos años cuando decidimos poner obstáculos y cercos de prohibiciones a un oficio que hemos desempeñado desde épocas precolombinas, como es el de buscar el oro y comercializarlo, y sin medir consecuencias volvimos clandestino el explorar, vender o comprar el mineral igualándolo a la droga.

En este país solo 120 mil personas  pueden comerciar con oro legalmente. Son las que están inscritas en Rocom y entran a la página web y les sale el formulario. Miles de mineros del sur de Bolivar o de Caucasia o de los ríos del Pacífico que barequean o escarban para conseguir de qué vivir, si están en el Rocom, tienen un limite de 35 gramos por orden de las leyes prohibitivas.

Una empresa minera grande, trasnacional o no, solo puede extraer 28 mil, de manera que si unos u otros encuentran una veta productiva, tienen que esconder el maldito oro y volverse ilegales.

Volvimos delito la búsqueda de oro, volvimos punible venderlo o comprarlo, volvimos parias a los mineros y lo que podía ser una esperanza hoy es un grave pecado castigable.

Volvimos delito la búsqueda de oro, volvimos punible venderlo o comprarlo, volvimos parias a los mineros y lo que podía ser una esperanza hoy es un grave pecado castigable.

 

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