
ÁLVARO Serrano Duarte BARRANQUILLA (COLOMBIA)
Fragmento de El Mercader de Venecia, de William Shakespeare, adaptada por ÁLVARO SERRANO DUARTE
Los hechos de esta historia ocurren en Venecia, ciudad italiana reconocida por su gran comercio.
Uno de sus ciudadanos, Basanio, quiere participar en la conquista de Porcia, pero para ello necesita una considerable suma de dinero, que en el momento no tiene.
Se dirige a Antonio, un conocido mercader veneciano que goza de gran prestigio y crédito comercial, para solicitarle un préstamo.
Desafortunadamente, en el momento de su solicitud, Antonio no dispone de esa suma en efectivo y está a la espera de tres barcos cargados de mercancías.
Sin embargo el mercader es una persona muy servicial y le ofrece su ayuda para obtender el préstamo de otra persona.
Para ello, se ofrece como fiador ante el judío Sylock, un rico comerciante extranjero, por la suma de 3.000 ducados, comprometiéndose a pagarlo en el plazo máximo de tres meses.
Pero Sylock odia a Antonio, el fiador, porque es un mercader exitoso y muy estimado en la ciudad donde se le reconoce porque presta dinero sin cobrar intereses, lo que hace bajar la tasa de Venecia en desmedro de sus propios negocios, viste con elegantes galas y es el mayor proveedor de mercancías.
El judío, después de mucho vacilar, le dice:
— Pues bien... quiero daros una prueba del deseo que tengo de serviros. Venid conmigo a casa de un notario y me firmaréis allí la escritura.
Sin embargo, quisiera que... por una broma -tan sólo- se pusiera en el documento la cláusula de que si en el día y en el sitio que determinaremos, no me habéis devuelto la suma o las sumas designadas, os comprometéis a perder una libra de vuestra carne, que podré cortar de la parte que se me antoje escoger...
Basanio se opone a dicha condición por considerar que no debe permitir que su amigo Antonio se exponga a un cobro de esa naturaleza. Pero Sylock insistió:
— ¡Oh, Padre Abraham, reconozco bien a los cristianos... la dureza de sus procederes les hace sospechar lo mismo en los otros...!
Decidme: ¿qué ganaría yo con exigir que cumpliera su promesa si no me pagare al vencer el plazo fijado?
Una libra de carne de hombre no es tan buena ni tan provechosa como la carne de vaca, carnero o de cabra.
Si le hago esta oferta de amistad, es únicamente para granjearme su afecto.
Si acepta, bueno; sino, que haga lo que le guste. Os suplico que no me interpretéis mal esto que me induce a hacer mi deseo de amistad.
Extrañado por tan curiosa propuesta, pero seguro que ella no se daría, por que antes habría pagado la deuda, Antonio aceptó el trato.
Transcurrió el plazo de tres meses fijado para el pago y no se había hecho efectivo porque sus barcos no llegaron en el término previsto. Sylock, quien sólo había tenido en mente -como lo puso de manifiesto su conducta posterior- la venganza por los agravios y desprecios recibidos.
Ante la posibilidad de manifestar su odio exigió el cumplimiento de la cláusula y se atuvo estrictamente a la pena estipulada. No aceptaba ningún sucedáneo:
— ¡Quiero -clamaba- que se cumpla lo estipulado en el convenio! Que nadie se atreva a hablarme contra él. He jurado que se cumplirá y se cumplirá...
El caso pasó al despacho del Dux, como decir hoy al juzgado, para decidir el conflicto, y que le conminaba a la clementcia. Pero el acreedor seguía empeñado en su cobro.
— He jurado por el santo día del sábado que exigiré lo que se me debe y la pena estipulada en el convenio.
Si me lo negáis, ¡desgraciada sea vuestra Constitución y las libertades de vuestra República!
Me preguntaréis, tal vez, por qué prefiero una libra de carne muerta a tres mil ducados. A ésto responderé tan sólo que cada cual tiene su gusto...
Y ante el ofrecimiento de Basanio, que había duplicado la oferta con 6.000 ducados, que ahora sí estaba en condiciones de obtener, Sylock dijo:
— Esa libra de carne que os pido me pertenece... la he comprado a buen precio y la quiero. Si me la negáis, ¡caiga el baldón sobre vuestras leyes!
Los decretos del Senado de Venecia no tendrán en adelante fuerza alguna...
El Dux, confundido, mandó a llamar a Belanio, famoso Magistrado para que resolviera el conflicto.
Se presentó disfrazada, en vez de aquél, la misma diosa de la justicia, quien tampoco pudo conmover la férrea decisión de Sylock. Entonces, dictó su fallo:
—El convenio te concede exactamente una libra de carne, pero no te concede una sola gota de sangre.
Toma pues, lo que te concede el convenio, toma la libra de carne; pero si al tomarla, viertes una sola gota de sangre cristiana, tus bienes -según la ley de Venecia- serán confiscados en beneficio del Estado.
Sylock ablandó su dureza:
— En tal caso, acepto la oferta... que me paguen triplicado la suma y que pongan en libertad al cristiano...
Pero la diosa de la justicia, disfrazada de Magistrado, insistió en que debía hacerse justicia:
— Se le pagará tan sólo lo que estipula el convenio. Prepárate, pues, a cortar la carne que te pertenece, pero no viertas sangre, ni corte más ni menos de una libra justa.
Si cortas algo más o menos, aunque sea la vigésima parte de un gramo, si la balanza se inclina del grosor de un cabello, morirás y serán confiscados tus bienes.
El acreedor volvió a retroceder:
— Dadme la suma sin intereses y dejadme salir...
La diosa de la justicia persistió:
— No conseguirás más que lo que estipula el convenio; pero sino lo tomas, será a tu cuenta y riesgo.
Sylock desvaneció todas sus pretensiones:
— En tal caso, que el diablo te dé recibo... no quiero discutir más.
Pero aquí viene la lección extraordinaria de la leyenda: la diosa de la justicia dijo:
—Un momento, Sylock... la justicia tiene otros derechos sobre ti. Está escrito en las leyes de Venecia que si se prueba que un extranjero ha atentado directa o indirectamente contra la vida de un ciudadano, ha de embargarse la mitad de sus bienes para dárselos a quien pudo ser su víctima; la otra mitad ha de entrar en las Arcas del Estado, y únicamente el Dux puede perdonar la videa del culpable, que todos los demás jueces deberán condenar a muerte...
Ahora bien, tú te encuentras en este caso, por que está probado hasta la evidencia de que has atentado directa o indirectamente contra la vida de este mercader y, por lo tanto, has incurrido en la pena que acabo de indicar....
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