POR GANAR LA APUESTA DE UNA CENA FUE DE POLO A POLO

Denilce Serrano Flórez
Administradora - Barranquilla, Colombia
La siguiente historia me la encontré en el Periódico El Tiempo, y tiene esos ingredientes que le son propios a las historias que conmueven positivamente el alma. Así que prepárese a darle alimento, porque vas a sentirlo así; como si le dieras alimento a tu espíritu.
Sosteniendo un capuchino de Juan Valdez sin azúcar, a su paso relámpago por Bogotá, Johan Ernst Nilson, el sueco que recorrió medio planeta sin otro motor que la fortaleza de su cuerpo, habla de la que considera la experiencia más agreste de su vida: aprender a tocar el piano.
Se lo impuso cuando tenía 15 años, en medio del éxtasis que le avivó un concierto de Elton John. Quería subirse al escenario y tocar como él. Ese episodio lo relata con aire de ficción, como si de ahí hubiese obtenido poderes de superhombre.
"Me di un plazo de tres años para tocar el piano. Mi mamá, entonces, me dio las tres palabras claves para lograrlo", dice con un inglés enfático. Luego, relajándose un poco en la silla y echándose para atrás, cuenta que a los 18 ya trabajaba como pianista del Grand Hôtel Saint-Michel, en París.
"Práctica, enfoque y motivación -dice después-. Con eso he podido hacer casi todo lo que me he propuesto".
Luego de tocar el piano vinieron muchos otros retos, algunos suicidas. La imagen de un pequeño hombre inmerso en majestuosos escenarios naturales se volvió recurrente. Ernst ha escalado el Everest. Ha ido de un continente a otro en bicicleta. Ha enfrentado la furia del océano Atlántico. Ha coronado el Kilimanjaro, en Tanzania. Ha viajado cientos de kilómetros tripulando una cometa... son más de 30 expediciones en 100 países.
Y ahora, para conmemorar los 100 años desde que el primer hombre conquistó el Polo Sur, Ernst decidió hacer lo propio y llegar nuevamente hasta ahí, solo que luego de atravesarse el mundo desde el otro Polo y combinando todas las locuras cometidas hasta entonces en lo que él define como "la aventura perfecta".
Lo dice con la misma sonrisa de satisfacción que no se le borra del rostro ni siquiera cuando habla de la muerte. "Un día, el hielo se rompió y tuve que luchar en soledad para no morirme. Todo el equipo que llevaba encima me jalaba hacia abajo en medio de una temperatura de 50 grados bajo cero. Estuve tres días intentando calentarme nuevamente", narra. Ante la pregunta de para qué todo esto, su relato vuelve irremediablemente al piano.
"Todo esto empezó porque un amigo de Estocolmo (Suecia) -donde Ernst ha vivido buena parte de su vida- apostó a que yo no era capaz de renunciar al piano y hacer una cosa totalmente diferente", explica este hombre macizo y de extremos. No solo por haber nacido en el extremo norte del continente europeo, sino porque todo en su vida son decisiones radicales.
"Luego de la apuesta, que tasamos en una simple cena en cualquier restaurante, me levanté del piano y hablé con el gerente del hotel. 'Renuncio. Me voy a montar en bicicleta', le dije. Estaba resuelto a cumplir el sueño de hacer ese viaje", recuerda.
Lo que vino después fue una travesía de casi tres meses, 7.500 kilómetros y grandes dosis de resistencia y fortaleza. La meta que se había trazado, y que consiguió 52 días después, era ir desde Estocolmo (Suecia) hasta el Sahara (África). Después repitió la aventura, pero haciendo trayectos en kayak. Cuando pasó por Barcelona (España) encontró titulares de prensa que lo llamaban "el vikingo loco".
-Pocas personas en Colombia pueden darse el lujo de abandonar su trabajo para irse a cumplir un sueño. ¿De qué vivió por esos días?
-Siempre se puede financiar un sueño. Mucha gente me dice que no le gusta su trabajo. Y yo les pregunto: ¿por qué simplemente no lo dejas y te dedicas a hacer lo que quieres hacer? Parece difícil, pero es fácil.
La verdad es que no suena tan fácil. En la primera travesía, además de pedalear, Ernst tuvo que ir de hotel en hotel apelando a su talento como pianista. De ahí obtuvo algunos recursos para comer y dormir. Otro dinero le llegó por cuenta del alquiler de su pequeño apartamento en Estocolmo mientras estaba fuera. Pero el mayor patrocinio, dice, tomado un nuevo sorbo de café, es la generosidad de las personas.
"La gente me daba comida, agua y casi todo lo que necesité. Sí, hubo ocasiones en que pasé hambre, pero te repito, siempre se puede financiar un sueño. Y la alegría que sientes después de que lo cumples es, simplemente, maravillosa", sostiene. Y agrega:
"Respirar, hablar, caminar... nada de eso quiere decir que estemos vivos".
'Expedición Pole 2 Pole'
La aventura más reciente, quizá la última antes de casarse y tener hijos, según dice Ernst, fue la expedición Pole 2 Pole, para acentuar el amor por la naturaleza que le ha venido luego de tantas aventuras y en la que el patrocinio ya corre por cuenta de grandes marcas de relojes como Zenith; o de carros, como Audi.
La expedición, cuyo objetivo era no usar ningún motor, arrancó sobre un par de esquís desde el Polo Norte el 6 de abril del 2011 para llegar a Groenlandia dos meses después. Desde ahí, el explorador continuó mil kilómetros en un trineo jalado por perros.
Tras cruzar el océano Ártico en Canadá, el viaje continuó en bicicleta a través de América del Norte y América del Sur. Allí hubo trayectos a pie en medio de selvas, desiertos y montañas en la Patagonia. Eran los días en que Johan se preparaba para la parte más difícil de la experiencia: viajar por la Antártida, el lugar más frío de la Tierra.
Finalmente, y jalado por una cometa diseñada para la expedición, él y su equipo lograron coronar el otro lado del planeta. Había pasado casi un año y cientos de conversaciones y aventuras que Ernst consignó en su sitio web.
El viaje entre los polos sirvió para recrear un documental que propende a la comunión con la naturaleza y la no utilización de combustibles fósiles, que emanan gases de efecto invernadero. Pero propende, sobre todo, al mensaje de la mamá de Johan Ernst Nilson: "Con práctica, enfoque y motivación se puede hacer cualquier cosa. Incluso tocar el piano".
'Lo único que no me permito es retroceder'
Durante la travesía, Johan Ernst decayó muchas veces, no solo anímicamente sino físicamente. Dos veces debió ser internado de urgencias por problemas que sobre todo tuvieron que ver con el cambio de temperatura. Nada de eso, sin embargo, derribó su empeño por llegar al otro extremo del planeta. "Una sola cosa estuvo a punto de hacerme desfallecer, y fue el día que retrocedí todo el camino que ya había recorrido durante casi tres días. Es como en la vida, te puedes caer cientos de veces, pero lo que no puedes hacer es retroceder", dijo.
Ese episodio ocurrió en la Antártica, cuando apenas le faltaba algo más de un mes para coronar la travesía. Cuenta que armó su campamento y se durmió sin contemplar que el hielo se derritió, y así, dormido, se devolvió un par de kilómetros.
Tomado de el Periódico El Tiempo
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